Donde ya no brillan las hogueras
Mi persona está herida
mi primera persona del singular
(A. Pizarnik)
Cuando las olas se retiran, arrastrando la arena que me cubre, los rayos del sol se filtran por este agujero. Entonces sé que es de día. Mi cuerpo se remueve bajo la tierra, buscando la superficie. Finalmente logro asomar la cabeza. El primer contacto con la luz me ciega. Después, van llegando las imágenes, como a través de un vidrio empañado. Las dunas que bordean la playa mezclan sus contornos, perdiéndose a lo lejos en una sola línea fulgurante. Y sobre la playa, lejanas, entreveo las siluetas de Olga, de Hugo, de Luis, que buscaban almejas a mi lado. Sólo yo falto en el grupo, pero ellos no parecen notar mi ausencia. Siempre había sido así, esa distancia entre yo y los otros, ese estar no estando. Y la necesidad de hablar. Pero mi silencio era un hueco incómodo entre sus palabras, y en medio de todos yo fornicaba con la soledad. Sin embargo, todavía siento el roce de sus manos al cavar entre la arena, y si giro un poco la cabeza, puedo adivinar mi propia silueta, borrosa, una sombra a punto de desaparecer.
Yo los miro, nos miro desde la orilla, tratando de entender cómo me había convertido en lo que ahora soy. Vuelvo hacia atrás y lo primero que encuentro son los espejos. Pasaba horas mirándome, queriendo fijar esos rasgos que eran los míos pero también del otro, del que veían los demás y yo no podía ver. Este primer conocimiento fue mi primer dolor: yo sólo era yo para mí mismo, para los demás siempre sería él, el otro que nunca sería yo. A partir de ese momento, las personas verbales perdieron su identidad. Porque él también soy, es yo; y yo es, soy él. Hablar de mí es hablar de él. Él habla dentro de mí y yo lo escucho. Por eso, cada vez que cuento mi historia, su historia, nuestras voces se mezclan y se confunden.
Esa mañana, los cuatro estábamos buscando almejas. Los cuatro, el grupo de siempre. Olga y Hugo, Luis y yo. Yo trataba de olvidar que unos minutos antes había recorrido la playa, solo, buscando los lugares donde la arena se hundía para clavar allí mis pies, deseando vanamente que su dibujo no desapareciera nunca, que esa superficie fofa y húmeda donde quedaban inscriptos se volviese dura, impermeable, exhibiendo desde entonces y para siempre esas líneas vacías que serían mi única huella. Había en mí una necesidad de durar, de estar siempre en todas partes. Quería serlo todo, porque todo me parecía maravilloso. El mundo era la galera del ilusionista y yo quería ser el mago y la paloma al mismo tiempo. Amaba todo y a todos porque eran lo que yo quería ser, no éste, no aquél, Cristo o Napoleón, Sócrates o D'Artagnan, simplemente otro. Los demás me miraban y no sabían que yo quería ser esa mirada. Hubiera bastado tan poco, una palabra, un gesto, para sentirme instalado en ellos, viviéndolos desde dentro como si hubiera dejado de ser yo para volverme ellos. Pero cómo ser otro sin dejar de ser yo, ¿y quién era yo, al fin de cuentas? Apenas la nostalgia del mundo.
¡Basta de palabras huecas! No busques una justificación para tu cobardía. Porque en el fondo sólo hubo miedo. Y orgullo. Aunque creo que el orgullo vino después, para disimular. Vos querías ser todo. Pero no bastaba con quererlo, había que intentarlo. Lo sabías ya cuando escribiste, hace mucho tiempo, saber, saber algo, sufrir, ensuciarse, pero vivir al fin. Un día te preguntaste si valía la pena ensuciarse, y así comenzaste a olvidarte, a creer que olvidabas todos los posibles mundos que te habías prometido. Y te encerraste en tu realidad de ojos pardos, vos, que de niño querías unos ojos azules para inventar el mundo.
Entonces me escondí detrás de las palabras. Palabras ajenas, palabras de los libros, palabras dichas por mí pero nunca mías, al fin las palabras dando forma a mi vida. Me enseñaron el nombre del mundo y me alejaron definitivamente de él. Nombrar un mundo es crearlo. Me volví el nombrador universal, el todopoderoso hacedor de mundos. Y quedé preso en la trampa de mi mundo.
Te volviste ajeno, el solitario y orgulloso espectador de tu propia vida. Cómo no estar orgulloso si era tu obra perfecta. La habías construido poco a poco, fortaleza inexpugnable donde reinaba la belleza. Mirlo azul en tu jaula de oro mirabas la vida desde un trapecio, sintiéndote distante y único. ¿Alguna vez intentaste realmente saber qué había afuera de vos?
¿Qué sabía yo de Olga, de Hugo, de Luis? Eran mis amigos, pero también eran los otros, los de afuera, que no podía alcanzar. A veces lo lograba, pero todo era tan breve, una ráfaga, un manotazo, un agujero en el agua. Cómo apresar ese temblor, ese chisporroteo de topacios en la hoguera, cómo arder, si yo era el bombero con traje de amianto.
Si te decidieras a dejar a un lado eso que llamás tu singularidad, pero cómo ser otro sin dejar de ser yo, ¿y quién sos vos al fin de cuentas? ¿Qué fabuloso Jardín de las Hespérides encierran los muros de tu yo? ¿Qué Edén defendés, Ángel de la espada flamígera, Minotauro de los inodoros? Querías la pureza, anhelabas el martirio, te inventaste una cruz y la corona de espinas. Te soñaste genial, elegido, diamante en torre de marfil. Te llenabas la boca al hablar de, uso tus palabras, tu irreversible soledad, y cómo olías, pobre imbécil mierdoso. Gota de esperma en tu selva de algodones, también te elegiste feto y babosa y caracol.
Pero esa mañana buscábamos almejas y, arrodillados sobre la arena, a veces nuestras manos se rozaban entre el barro, y todo estaba bien, porque eso era todo. Contactos ciegos. Una búsqueda en silencio. Y las almejas brillaban como topacios. Y yo brillo como un topacio. Porque yo también estoy de este lado, bien oculto entre estas valvas oscuras que por dentro son tan blancas, cavando siempre hacia abajo, hacia el fondo de estas catacumbas húmedas donde ya no brillan las hogueras.
Raul Sassi
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