Andrés no sólo sabía que iba a morir, sino que se daba cuenta de que se estaba muriendo. Se daba cuenta de su alejamiento de todas las cosas de este mundo, de su gozoso alejamiento de la existencia. Sin prisas ni turbaciones esperaba lo que tenía que ocurrir. Aquella cosa terrible, eterna, desconocida y lejana, cuya presencia no cesó de sentir toda su vida, estaba ahora muy cerca de él, y casi la comprendía y sentía.
En otra época tuvo miedo de morir. Dos veces había experimentado ese sentimiento terrible del miedo a la muerte, a terminar, y en aquellos momentos no comprendía este temor. Había experimentado aquel sentimiento por primera vez cuando una granada daba vueltas ante sus ojos como una peonza, mientras él miraba los rastrojos, el cielo, y veía la muerte muy cerca. Pero cuando volvió en sí, después de ser herido, en su alma, liberada por un momento del peso de la existencia, se abría la flor del amor eterno, ese amor que no se puede originar en esta vida. Y entonces no sólo perdió el temor a la muerte, sino que ni siquiera pensó en ella.
Durante las horas del delirio, de doloroso aislamiento, que pasó después de haber sido herido, cuando más reflexionaba en este recién descubierto principio del amor eterno, más renunciaba, sin advertirlo, a la vida terrena. Amarlo todo, amar a todos, sacrificarse sin cesar por amor, significaba no amar a nadie, no vivir esta vida terrenal. Y cuanto más se penetraba de aquel principio de amor, más renunciaba a la vida, más destruía ese terrible obstáculo que media entre la vida y la muerte.
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